Bajé corriendo las escaleras. El patio estaba vacío, la reja abierta. De Moni, nada. En el anexo, el olor inconfundible del lavado en seco y las planchas de vapor impregnaban las horas del medio día. Me colé tras el mostrador mirando por todas partes, esperaba encontrarla entre las fundas de plástico con ropa que giraban en la danza de todos los días cuando la figura enorme de mi padre apareció gritando.
- ¿¡Dónde está tu hermana!? Tenía la mandíbula trabada.
- No sé, estábamos jugando, subí a hacer mi tarea…
- ¿Cuándo? ¡Contéstame niña! ¿Hace cuánto tiempo que la dejaste sola?
- No me acuerdo…
Mi padre pidió a los empleados de la tintorería que dejaran de hacer su trabajo y buscaran entre la ropa y en cada rincón del piso que estaba bajo nuestra casa. ¡¡Dios mío!! Pálido, salió gritando hacia la fosa de agua con la que se alimentaba la caldera. Con el aliento contenido, miró dos, tres veces aclarando la vista. Finalmente, soltó el aire aliviado, en la fosa no había mas que agua.
Revisamos los clósets de la casa donde la habíamos encontrado antes dormida …me tiré bajo las mesas y las camas. Mi madre balbuceaba palabras sueltas, vacías. Después, con ojos que no veían, salió despavorida.
Afuera, el resplandor del sol -todavía en alto- creaba un espejismo de gente que iba y venía hablando al mismo tiempo, algunos gritaban. Yo ya no los oía. A lo lejos, me parecía escuchar la música del carrito que vendía gelatinas y que para mi dicha, pasaba cada jueves. Tras la música que sonaba sólo en mi mente, el altavoz repetía una y otra vez que una niña de dos años se había perdido, que traía un vestido de color rosa y zapatos blancos, que se agradecía cualquier informe y proporcionaba la dirección de nuestra casa.
No recuerdo haberme movido del mismo lugar en horas, si acaso respiraba. Cuanto escuchaba y veía flotaba ante mí con una nitidez dolorosa. En la acera de enfrente, la imagen incoherente de mi madre arañaba un montículo de tierra ¿para treparlo? En su carrera loca de una calle a otra, la miré subir al auto de un desconocido para regresar más tarde con la razón casi perdida. Todo sucedía bajo el agua, lentamente.
Más temprano, Moni y yo habíamos estado jugando con la pelota en el patio. Recién nos la habían regalado, era de esas enormes con muchos colores. Tras la reja cerrada, dos niñas con el pelo enmarañado y la cara sucia se detuvieron para mirarnos. Incómoda, entré a la casa sin pensarlo dos veces. Ese gesto me acompaña desde los nueve años y guarda hasta el día de hoy, el recuerdo amargo de haber perdido a mi hermana.
Cuando horas más tarde, Pueblitos, la empleada de confianza de la tintorería entró corriendo para avisar que la habían encontrado, mi madre, incrédula, calló de rodillas. El golpe me trajo de vuelta a la realidad de lo que había pasado.
-La encontré sola caminando por la calle, muy lejos. Estaba llorando-. El policía que aún la traía en brazos, habló conmovido.
Con su carita chorreada de mugre y todavía llorando, se la entregó a mi madre que aún no se levantaba del piso. Las niñas sólo se habían llevado la pelota, sus calcetines de holán y sus zapatos.
1 comentario:
me gustó mucho
hdp
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