- - A ver, enciende la vela. Ya están sus flores de zempaxochitl, su pan azucarado y su caballito de tequila.
- - ¿Y si le ponemos la botella mamá?
- - No, solo el caballito. Al rato le traigo sus tamalitos que tanto le gustaban.
- - ¿Y el chile pasilla? -mmm...No creo que le vaya a gustar, nadie lo hace como ella.
- - Mire suegra, aquí le dejo sus dulces de chile piquín eh?
- - Mamá, ¿puedo poner su disco de Víctor Iturbe, El Pirulí? Cómo le gustaba…”Felicidad, hoy te vuelvo a encontrar...cuanto tiempo huiste de mííí…”
Mi tía Raquel no tiene ni un mes de muerta y el altar para el día de los santos difuntos ya está listo. Sobre el papel picado de varios colores descansan los dulces, las flores y un pequeño cráneo de azúcar, la típica calaverita que en la frente lleva con letras temblorosas el nombre de Raquelito. Una foto amarillenta muestra su rostro aún joven y a un lado, para que no esté sola, la acompaña una imagen de la virgen de Guadalupe.
Lupita se llama también su nuera incondicional. Quien cuidó de ella hasta el ultimo momento del sábado aquel en el que sus hijos y nietos coincidieron por casualidad para estar a su lado y pudieron decirle adiós. Isabel, mi madre y su única hermana, venía despidiéndose de ella desde hacía tiempo en un intento de ponerse en paz. Mi abuela Gracia, su madre, postrada en una cama, apenas distingue hoy el día de la noche y es incapaz de recordar quien acaba de entrar a su habitación para darle de comer. ¿Porqué le han de causar un dolor tan grande? ¿Qué necesidad?
Por muchos años, los domingos en casa de mi tía Raquel fueron días de fiesta familiar. Desde temprano, camino a su casa, nos íbamos saboreando los platillos que ella cocinaba y le gustaba servir en su comedor. La salsa recién salida del molcajete, tortillas frescas, aguacate partido, queso blanco. Su silla, siempre junto a la de la abuela, permanecía vacía hasta el ultimo momento. ¿Qué no te vas a sentar? Se te va a enfriar…le decía la abuela quien sentada a la cabecera, comía en silencio y cuidaba discretamente del tequila envuelto en papel de estraza oculto bajo la mesa.
-Saque su guardadito Abue, le decían los nietos más grandes, -Ya sabemos que lo tiene ahí.
-¿Cómo crees? ¿Qué van a decir? ¡Ni lo mande Dios!
Aquellos domingos cotidianos hicieron que por años el traguito y las palabras no dichas hablaran de más. Se arremolinaban madre e hijas en la diminuta cocina de banquitos arrinconados. Entretejían a susurros historias ya añejas mientras se turnaban para menear la comida que se calentaba en las cacerolas mancas y abolladas. Sobre la mesa de esas tardes quedaron todos los secretos y realidades de la abuela Gracia y de sus hijas Raquel e Isabel. Mujeres todas ellas sin hombre. La primera viuda, la segunda abandonada, la otra divorciada. Por el alcohol, por otra mujer, quien sabe por qué.
Raque e Isabel tenían cada una su lugar como sucede en toda familia. Ese lugar indiscutible que no se da, simplemente se ocupa. Un lugar que te otorga poder, te somete o te hace transparente como el hielo. Mi tía Raquel fue siempre el centro de atención. Su risa franca y un humor entre negro y burlón provocaban tremendas risotadas al escuchar las anécdotas e imitaciones despiadadas que hacía de todos nosotros. Mi madre era algo así como el satélite de la familia. La parlanchina, la de paso más firme, la que aún trabajaba, la divorciada, la que se divertía, ¡vaya usted a saber!
Así se fueron los años de tequila y de guisados picositos. De antiácidos y de ver a la tía dormir la siesta en un sillón de la sala mientras los chamacos corríamos alborotados. Al principio, su dieta rigurosa la hacía mirar con envidia los platos de comida –de otra cocina, para rematar. Luego, dejó de contar historias y de reír. Su enfermedad poco a poco nos fue despojando de lo que tanto habíamos disfrutado. Hasta que llegó un día en que igual que su estufa, la familia se apagó.
Muy en silencio y con la mirada en alto vivió durante algunos años. Se fue consumiendo pero desafió a los doctores y vivió hasta que su mente no pudo registrar el miedo y su cuerpo la abandonó. Sus últimos meses no tuvieron ni un rayo de conciencia. En su delirio sin embargo, solo hablaba de comida.
Todavía exhausta del dolor de años y de tantas emociones no entendidas, veo a mi madre regresar cada día a su casa después de trabajar. En la habitación de junto, mi abuela espera. Sólo quedan ellas dos. Aún así, no se atreve a cruzar el espacio vacío que dejó su hermana Raquel. Dudosa, no encuentra su lugar.
-Ya llegué madre, ahora te traigo la comida.
-Ay tú, ¿pues qué hora es?
2 comentarios:
Ésta en realidad, es una historia sobre mi madre.
Me encanta!!!
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